El Método Arte y Cultura, especialmente, mediante la práctica de la flor (Ikebana) y el arte de la cerámica, conduce a los practicantes a la experiencia estética de serenidad y la quietud, a un estado de silencio y de sensibilidad, entendido como receptividad, semejante al de la meditación, debido a que, durante la ejecución de la habilidad, concentramos la atención espontánea y naturalmente. Lo anterior, como ya lo explicamos, implica simultáneamente la vivencia de la belleza, que contiene los condimentos del gozo y la gratitud, entendidos como un estado más elevado de consciencia que deriva naturalmente en una conducta ética, que buscará el servicio y el cuidado hacia la vida. Al mismo tiempo,

Es en este punto donde, el método Sātī se une con el Método Arte y Cultura, debido a que la ejecución requiere de la concentración de nuestra atención de manera espontánea y natural, pero podríamos decir que ocurre de manera medianamente inconsciente, pero a través del ejercicio Sātī, la podemos hacer consciente - mediante un esfuerzo – (otro elemento central de las ocho huelas del camino búdico) el que nos permite profundizar en nuestro entrenamiento de la atención.

¿Qué es el método arte y cultura?

Claudia Lira Látuz.

El Método Sātī y el Método Arte y Cultura

¿Para qué nos prepara el método?

Mediante Sātī nos preparamos para la ejecución, logrando que nuestra sensibilidad/atención la se haga más sutil, de esta manera nos entregamos y entramos más fácilmente al gesto puro, gracias a que nuestros sentidos se han depurado de mi personalidad. Luego, debido al silencio, al que he ingresado gracias a la ejecución, puedo conservar mi sensibilidad, puedo continuar con el esfuerzo, es decir, no perder la atención después de la ejecución, lo que me permitirá, más adelante, una apreciación desprendida y profunda del producto de ella. Si practicamos Sātī durante todos los procesos en que estamos imbuidos, durante nuestros actos, podremos afinar nuestra sensibilidad, la que se entenderá como un modo de ser y estar plenamente presente, una conciencia/sensibilidad iluminada y gozosa.

Podemos agregar que en este estado mental, que es a la vez un proceso, nuestra sensibilidad se encuentra receptiva a la materialidad o a un trozo de naturaleza, por ejemplo, una flor, que en ese momento estamos tomando para realizar un arreglo floral (ikebana), de modo que podemos llegar a percibir su presencia viva, como la de un sujeto (al que nos abrimos para conocerlo). Esta apertura es la que se denomina “inmersión total” descrita como una característica del modo de conocer japonés, por Lanzaco. Esta es la que permite servir (atender) al sujeto - materialidad o naturaleza - para que se exprese a sí misma a través del sujeto humano.

De esta manera, podemos crear una obra que no exprese la individualidad humana, el gusto individual, sino que sea dentro de lo posible, la expresión de la naturaleza, que en términos concretos puede entenderse como que hemos sido capaces de sensibilizarnos para percibir el flujo de la vida de la flor, para ponerla en el florero según ese flujo, entendido éste como su modo de crecer o de seguir creciendo (aun estando cortada) para que continúe  su proceso natural de vida - el que ha venido a vivir - mostrando todo el esplendor de lo que es - una flor abierta a la vida, según su naturaleza.

Esta manera de relacionarnos con la flor nos trae serenidad, nos purifica, nos trae gozo, por el solo hecho de estar corporal y sensiblemente “conectado” a su presencia viva. Lo que experimentamos como un estar percibiendo directamente, su forma, su color, su textura, su aroma, unido a un tomarla y sentirla, para disponerla en el florero, para que siga en contacto con nosotros a través de exponer su cara, desde donde podemos apreciarla totalmente. Además, esto lo hacemos para conectar a la flor con los demás, de tal manera que vivifique con su vida, el espacio donde es depositada.

Tal como lo plantean las artes tradicionales sino-japonesas, alcanzar la pureza de la mente o percepción pura, implica trascender la “subjetividad” en cuanto punto de vista, deseo, objetivo o gusto, adquiridos por medio de la personalidad, para acceder a la “transparencia de la mañana”, es decir, a un instante a-subjetivo, en que gracias a nuestra percepción (sentidos, sensaciones y emociones, por ende, por nuestro cuerpo) llegamos a ser testigos del movimiento de la realidad en un tiempo determinado. Esta experiencia de percepción pura, directa, incluso no-verbal, nos impregna como vibración corporal, como sensibilidad y queda como una imagen-emotiva, en nuestro interior. Imagen que luego será considerada el material o inspiración para la obra de arte.

Al mismo tiempo, esta experiencia de mí misma como ser perceptivo, que se atiende y que es capaz de atender, simultáneamente, la vida externa, en cuanto movimiento o despliegue de la realidad o continuum, se la entiende como la vivencia de la belleza. Esta experiencia de la belleza está íntimamente relacionada a la vez con la definición de la vida como despliegue y transitoriedad.

En este sentido, destacamos que ambas vivencias, la de la transitoriedad de todo lo que existe unida a la vivencia de la belleza del instante, relevan a la sensibilidad como el modo epistemológico que moldea el proceso de desasimiento (purificación del punto de vista y del deseo), necesario para el proceso de autoconocimiento que implica todo camino del arte.

En este sentido, la práctica del método Sātī y del Método Arte y Cultura son juego asobi (en el contexto del budismo zen), en cuanto permiten al ser humano ser en el presente, desplegar la existencia como acto puro, por el solo hecho de que la realidad es despliegue y cuando practicamos ambos métodos, llegamos a experimentar el despliegue del ser, sin meta, es decir, llegamos a sentir la vida que somos. De ahí que esta práctica espiritual considere que ambos ejercicios, la práctica de la atención y el arte, deben complementarse con la concentración sentada, zazen, contemplación o meditación, donde el ser humano puede completar el proceso total de desasimiento para alcanzar la mente búdica o ming, en el daoísmo, una mente que es pura sensibilidad, serenidad y gozo de la existencia, una mente capaz de fluir y de integrarse al flujo universal sin contravenirlo, es decir, capaz de armonizarse encontrando el sentido de su propia existencia.